Sonó la alarma
Por Sorely Muentes | 2 November 2011
Sonó la alarma a las cuatro en punto. Abrí los ojos, pero era como si hubiese estado despierta todo el tiempo. Nerviosa, triste y alegre. Me prepare un café, me vestí y esperé a las cinco que me recogiera el taxi. Voy a Puerto Rico al entierro de mi tía.
La manera más económica – porque la cosa no está como antes – era saliendo de Filadelfia. Por primera vez me monté en el Amtrak. Los viajes en tren de alta velocidad me fascinan. Aunque perdida como un juey visco, porque al parecer hay cosas que nunca cambian, estuve pensando que estaba en el tren incorrecto queriéndome bajar en todas las paradas. Esto con el miedo de no llegar a mi vuelo (en el que estaba como stand by). Pude muy bien haberme “quedado”, pero no pasó.
http://youtu.be/oO2EsF_28Vo
Cuando llegué a la Isla ya no estaba nerviosa, pero seguía triste. A pesar que mi tía ya estaba viejita, y su cuerpo no aguantaba más la gravedad de este mundo, dejó solo a mi tío, al amor de su vida. ¡Ay que pena cuando alguien se tiene que ir primero! Pero como dice el que te quiere dar consuelo: “Eso le pasa a todo el mundo, algún día te va pasar a ti”; “Ella ya estaba lista, ahora está en un mejor lugar”; “Es la ley de la vida”. Suena bien bonito, pero a la hora de la verdad es triste porque no habrá fe (él va todos los domingos a la iglesia) que consolará a mi tío, por lo menos no en este momento. De todos modos, estoy alegre porque voy a ver a mis queridos, porque los voy a abrazar y porque tengo la oportunidad de venir al ritual de clausura de la vida de una valiosa y única mujer: la mayor de siete hermanos.
Es viernes cerca de las cuatro de la tarde. Fui directo del aeropuerto a la funeraria. En la misma veo a mi madre (la menor de los hermanos) y a mi hermana. ¡Qué alivio, qué gusto, qué consuelo para mi verlas!
Ya lista para entrar al espacio de la despedida donde se encontraba mi tía, firmo la libreta de entrada. Creo que es bien importante firmar y escribir algo. Sirve para recordar a los presentes junto a sus mensajes. Lo comparo como una mano que te pasan por la espalda. Se puede sentir como consuelo, pero también como una cosa rara.
Al entrar veo a mi tío – el amor, el compromiso – justo parado al lado del cuerpo acostado de mi tía. Pone sus manos sobre las de ella, la besa y le pasa la mano por la cabeza como si la peinara. Nos miramos, veo sus ojitos negros. Él se sonríe y nos abrazamos. Me dice: “mírala (mientras le toca su cara), está fría. A veces la miro y creo que se puede mover o abrir los ojos en cualquier momento y reírse”. Él siempre ha tenido un buen sentido del humor.
Me quedo un rato sola con ella. Le hablo, le doy las gracias y me despido. Esto mientras observo sus manos grandes y delicadas, su sortija de perla, sus pantallas y su collar. Momentos como estos hacen que te des cuenta de los varios significados que tiene la palabra familia.
Al llegar a la casa, después de un día largo y agotador, me doy cuenta que mi maleta me la habían robado. No tengo mis cosas, no tengo a mi tía. Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero después del entierro vino el huracán. Varios días sin luz atrasaron mi regreso, pero ya al fin estoy en la lista de espera para regresar. Me voy mañana y mi tío lo acaban de internar en el hospital. Ha sonado la alarma. El reloj parece que no quiere marcar más el tiempo.







