Desventuras sanjuaneras: Un amor urbano de verano
Por Luis Ponce Ruiz | 15 July 2011

En Puerto Rico, todo se ve mas bonito si te bajas del carro. Foto por David Soto. http://artdecopr.org/PRADS/Home.html
Escribo esto, “Uno ama a una ciudad por el amor que vivió en ella,” y me río. Cuando lo releo paro de reírme porque en el fondo hay mucha verdad en esa oración. El recuerdo de lo amado no se deposita en el trasfondo de la memoria, sino que se exhibe en lugares concretos, en hitos, envueltos todos en una película mitológica. El romance se torna en esquina alumbrada por la luz anaranjada de los faroles. Las lágrimas, en lluvia de verano. Los abrazos incandescentes, en el preciso momento entre la tarde y la noche en que el Parque de Agnobil se ilumina en Puerta de Tierra.
Los besos siempre son calle: por ahí transita todo cuanto anhelamos y todo cuanto tememos.
Mi último retorno a Puerto Rico ha durado cinco años. En este lustro, Miramar y el Viejo San Juan se han convertido en mi pequeño país extranjero, anclado a la nostalgia de mis años universitarios en los que viví y me paseé por buena parte del mundo.
Asomarme por ese barrio de Santurce o la antigua ciudad amurallada es regresar a mi país ficticio, creado gracias a los retazos de memorias vividas en las metrópolis estadounidenses, latinoamericanas, europeas y hasta asiáticas. El hilo conductor que solapa a tan diversos destinos es uno solo: la facilidad de caminarlos, el placer de andar a pie o en bicicleta. De hacer una ciudad tuya en el sentido más amplio de la palabra piel: de vestirte de ciudad.
En agosto de 2006 regresé a Puerto Rico con la noble e infantil intención de recargar baterías y enfilarme para mi nuevo destino lejos de aquí. En aquel momento muchos dudaron de que mi estadía sería pasajera y el tiempo les dio la razón. Pero no han sido cinco años en vano. Estudié un Juris Doctor con las muelas de atrás y a pesar de ello tuve la experiencia de estar por un mes en China y unos cinco en Buenos Aires. Laboré también en una diversidad de trabajos, incluyendo el de crítico gastrónomico, y otras vivencias que han hecho cierto lo que una fotografía del Instagram retrata: “La vida no es encontrarse así mismo; la vida es crearse”. Una dicha, pues, haberme no solo creado una vez más en Puerto Rico, sino la de haber construido este paisito mío, personal, irrepetible. Un país completo y muy querido en una porción muy pequeña de lo que es San Juan y Puerto Rico.
La ciudad vieja, sus adoquines y sus vistas es también mi Boston, Lima y París. Miramar, mi D.C., Nueva York y esa ciudad de la furia donde retoñó el amor que fluye silencioso, como río subtérraneo, debajo de esta crónica de verano; un amor que también nació en la urbe santurcina.
Me animo a confesarme a mitad de escrito porque no me queda de otra: todo este tiempo me he tirado a la ciudad sin auto. Como los profilácticos: los uso cuando la ciudad–o la ínsula–me los exige. Así he batallado miradas incrédulas y de repugnancia. De novias exigiéndome que me compre un auto ya, que en Puerto Rico, “es justo y necesario” vivir la vida en auto. Yo aguanté (todavía aguanto). Le he dicho no al carro por muchas razones, siendo todavía la principal que no, no me voy a quedar más tiempo en Puerto Rico; que mi plan de irme está aún vigente.
En esta vida que me he creado sin automóvil, hay un periodo de dos meses que sobresale sobre el resto de mi tiempo en la Isla. Fue el verano de 2009, en la que el amor y mi amor por la ciudad se conjugaron como si la pluma de Vallejo los hubiese fundido.
Ese verano trabajaba en el Tribunal Federal de Distrito en el Viejo San Juan y esa ciudad se convirtió en mi cuartel, mientras Miramar en mi batalla. Como ahora, vivía en Bayamón, en la frontera con Cataño, por lo que la opción más racional desde mi punto de vista anti auto era cruzar la Bahía en lancha para llegar a mi trabajo.
Durante junio y julio, la lancha fue mi realidad mañanera. Sin aire acondicionado, con un horario impredecible y la terminal bajo el asedio de una construcción que aún no termina. Coger la Lancha de Cataño, entonces y ahora (porque todavía la sigo usando) es recibir una dosis doble del Puerto Rico de a pie, de a diario, de los que sufrimos la ineficiencia del gobierno del ELA de la manera más contundente: con el fundillo adormecido por tanto esperar el transporte.
Ese mundo de los sin carro se repetía en la guagua pública que tomaba por las tardes, luego del trabajo, desde Covadonga hasta la estación del Tren Urbano en Sagrado Corazón, para llegar a mis clases de verano en la Facultad de Derecho de la UPR.
El trayecto en guagua desde el Viejo San Juan a Sagrado Corazón, transitando buena parte de la Avenida Ponce de León, es el único que definiría a San Juan como una metrópolis. Edificios altos, aceras anchas, gente caminando por las calles, ciudadanos esperando en una parada, y la densificación que realmente define a una urbe bien planificada: negocios, trabajos, entretenimiento y vivienda en un mismo lugar.
En el resto de las rutas de la AMA las únicas vistas disponibles son hacia el terrible desparramiento urbano que a veces se camuflagea como un torpe intento de querer ser algo que no se es. De esa travesía surge en mi guía citadina ese piropo (o epíteto) de referirme a ese pedazo de ciudad como Santurce Manhattan. Y como toda comparación con el mundo industralizado desde nuestros tristes trópicos suele ser una monumental tomadura de pelo, los remito a la semejanza menos increíble: los personajes. Tanto en la lancha como en la guagua, los personajes de nuestra ciudad boricua habitan y se reproducen con la facilidad de los conejos. Son esos personajes de nuestro folklore que ya no se ven por televisión ni se leen en las escuelas y universidades (de la noche a la mañana, lo globalizante-chic ha extirpado lo mejor de nuestro carácter pueblerino). Te los encuentras en las paradas, en las aceras, en los parques, en esos lugares que hemos preferido borrar de nuestras vidas. Son los personajes de este pueblo llamado San Juan, arrojados, como la basura, en una montaña clandestina de olvidos. O hacia la vanguardia de la fila bastarda que se cuece en los terminales de lancha y los turistas gringos fotografían para luego decirle a sus amigos de Facebook lo exótico que sigue siendo Puerto Rico a pesar de todo el cemento y los Starbucks.
Si queremos ver cómo la transportación pública ha sufrido del shock de lo chic, no hay mejor ejemplo que el Tren Urbano. Allí, la proporción de los que se mueven en auto sube dramáticamente y con razón. La ropa, los perfumes, maletines y zapatos que la gente lleva y usa delata el hecho de que estos gloriosos trenes tienen aire acondicionado y ésto, junto a sus faraónicas estaciones, es evidencia prima facie que todo este embrollo de rieles no es más que una extensión de Guaynabo City hacia Bayamón y San Juan.
Yo me gocé ese verano sobre agua, ruedas y rieles. Muchas veces este tipo de transportación fue el pie forzado de mis tardanzas (hay solo unas pocas cosas más irritantes que llegar a la estación de Sagrado y saber que el próximo tren llegará en 13 minutos), pero también representó una increíble oportunidad de ver la cara de ese Puerto Rico pseudo metrópolis con mucha más libertad que desde los espacios incómodos del auto.
A pesar de los grandes contratiempos que me causaba mi deseo infranqueable de seguir sin auto, mi anhelo de apropiarme de la ciudad fue tal que a fin de cuentas me sentí complacido, a gusto, con un San Juan que me palpitaba más de cerca.
Hace dos años de ese verano de urbanauta. Hoy sigo sin auto, pero me muevo más en tren y a veces, cuando tengo la oportunidad, busco la manera de repetir esos viajes de antes. Vuelve a asomarse esa nostalgia idiota en mí y me hago de la ilusión que al final del camino regresaré a esas calles de Miramar. A montarme en el auto en que mi novia me venía a buscar a la universidad por la noche para continuar nuestro camino a Santurce. Luego de un rato salíamos, ella en bicicleta y yo detrás haciendo jogging o a veces en bici también, para enfrentarnos, una vez más, con ese rostro de nuestro entorno que pensábamos perdido.
Ahora el bicijangueo está de moda por todo Facebook, el Viejo San Juan es la walkable city de Santini y existen movimientos para rescatar los espacios públicos. Leo y escucho todo esto y me da eso que los boricuas hemos aprendido a nombrar como “cosa”. Cosa de que mi pequeño país extranjero que con tanto cariño y tiempo perdido construí esté asediado por tanta moda. Esa misma cosa que me da cuando algunos se cantan expertos en cervezas artesanales (esas que probé hace más de diez años en Washington y Maryland) luego de haber probado dos o tres en este último año o menos. Pero hago un acto imperdonable de digresión. Disculpen. O a lo mejor no: somos una sociedad que se mueve a base de modas. Y debo enfrentar ese asedio como he enfrentado todo este tiempo sin esa novia de Miramar.
Al final, puede ser verdad que sea ese tipo de persona que se presta de las modas solo a la hora de escribir. Entonces, mis modas seguirán siendo el Viejo San Juan, mis lecturas en los vagones fríos del Tren Urbano y mi recuerdo nocturno de Miramar cuando ella y yo salíamos de la Fernández Juncos hacia la Ponce de León, atravesando por todas esas casonas históricas, para llegar a un Lima u Osaka recién abierto (años antes que la Jaquita Baya tornara a Santurce de lo globalizante-chic a lo boricua-chic) y cenar en la ciudad.
Valga una última confesión, ahora que este texto está acabando: mi moda más íntíma es también mi obsesión, esa de creer que por querer a mi ciudad la seguiré rescatando del olvido a esa novia santurcina. A esperarla frente a Derecho para que me lleve hacia esas sendas urbanas que, aún después de abandonadas, uno las sigue caminando sin mayores miramientos porque guardan la esperanza de que aún nos puedan llevar hacia algún, cualquier, lugar.








