El ser humano es colmena
Por Amado Martínez Lebrón | 1 May 2011
Recuerdo que la primera vez que tuve conexión privada de internet era un chamaco. El primer vídeo que vi, después de estar horas bajándolo, fue uno de CNN sobre la guerra del golfo. Todavía puedo oír los chillidos del modem y verme mirando hipnotizado la barra de progreso en la descarga. El vídeo fue de 3.1 segundos y sólo se veía un jet despegando de un portaaviones. Ni me cuestioné la baja calidad del periodismo y hasta me sentí muy optimista. Creía muchas cosas sobre “el internet” en ese momento, pero nunca pensé poder llegar a verlo como una herramienta que atentara contra el disparatado mundo que lo crea. Sin embargo, el aumento de cantidad de información y la velocidad en que tanta gente se incorporó al nuevo medio, ha provocado un cambio de calidad en la comunicación que atenta contra el poder.
Las comunidades virtuales revelan las cualidades de organismo colectivo que nos caracterizan. También, demuestran como las acciones individuales que provocan no tienen consecuencias sociales a menos que reflejen, ya desde su origen, un vínculo real, natural y orgánico con los otros. Queda claro que el éxito de una idea no es solamente fruto de la reflexión de adelantados, sino de comunidades enteras de informados. El conocimiento hace líderes, pero sólo porque se convierten algunos individuos, en la vanguardia crítica o creativa de miles de personas que van teniendo las mismas ideas en diferentes etapas de gestación. Esto no es un fenómeno exclusivo del mundo virtual, pero debemos de aceptar que cada participación individual dentro de ese “mundo” se convierte en documento.
Parecería que las ideas nos fertilizan. Las influencias y las condiciones entendidas como circunstancias nos van definiendo a todos a la vez. Nos ponen ante más o menos la misma realidad, y esa realidad revela sus alternativas en todos, más o menos a la vez.
El ser humano no es un ente social por accidente, sino por conveniencia, y su fuerza está puesta directamente sobre una idea de comunidad, de cultura, y de grupo. Los grupos están compuestos por individuos que son más que nada, salvo evidentes diferencias de acceso a recursos, parecidos unos a otros. La igualdad entre individuos de una misma especie es más real que sus diferencias, sino, trate de diferenciar a un delfín entre su ganga, o a una hormiga en su hormiguero. Los humanos, igual que todo ser vivo, enfatizamos en nuestras diferencias porque es la forma, que conocemos instintivamente, de conseguir privilegios de subsistencia y ventajas reproductivas.
La aparición de una idea, así como su propagación, parece estar claramente asociada con el acceso a la información. Cien años atrás teníamos que esperar un año para conseguir un libro, tres años para saber que existía en primer lugar, y tres décadas para reconocer un cambio de “mentalidad”. Hoy podemos saber de fuentes primarias que conocemos a nivel personal lo que pasa en la huelga de la UPR, aún estando en Madrid. Y algunos dirán que tener esa información no es ninguna panacea, pero yo creo que peor sería no tenerla. Porque no te hace luchar el saber cómo se lucha en todo el mundo; pero menos te hará luchar el creer que no se lucha en ninguna parte.
Hoy, gracias en parte a la tradición de medios, el acceso a la información se ha hecho un gesto sencillo. Dirán que la información no salva ni define ideas o pensamientos; sin embargo, creo que los que piensan así creen que la información es una cosa que se crea a sí misma. Los medios, históricamente han estado aumentando su influencia y sus fuentes, pero la información es algo que crean los humanos, y las comunidades virtuales permiten que más personas opinen y ya no siempre desde la misma posición social como en los medios privados. Las conexiones se aceleran, y las tomas de posturas se hacen con más detalles, y más a prisa. Y aunque suene novedoso, pienso que es una respuesta biológica que surge como solución a una nueva necesidad de un mundo de masas.
Hablando sobre el comportamiento de las abejas, H. Bloom en su libro “The Lucifer Principle” nos cuenta que unos científicos decidieron estudiar la forma en que éstas exploran por comida. Para eso establecieron unos puntos de agua con azúcar en la periferia de su panal. Las abejas exploradoras descubrían pronto el alimento y volaban a casa a compartirlo. Cuando llegaban a la colmena, primero se encontraban con las que recogen y almacenan. El bullicio de la abeja que llegaba entusiasmada afectaba y excitaba a la que recoge. Su entusiasmo se reflejaba en el batir de alas y el zumbido (“buzz”). La diligente exploradora contaba su experiencia dibujando con su movimiento un ocho en la pared del panal. La dirección, las curvas, y el entusiasmo de la abeja explicaban a las demás dónde encontrar el tesoro. A nosotros nos pasa igual.
Los investigadores cambiaban el néctar moviéndose una distancia constante cada día. Varios días luego, cuando llegaban al lugar en donde les tocaba poner el agua azucarada, ya habían abejas esperándolos.
La eficiencia en la comunicación de las abejas logra esa agilidad de “pensamiento” colectivo. Nuestro proceso de comunicación ha ido escalando hacia la inmediatez, y la forma en que hemos recurrido a herramientas para alcanzarlo, demuestra a mi entender que existe una necesidad de tal conexión grupal, y que no es una decisión arbitraria de un individuo, sino que es el reflejo inequívoco de nuestro impulso genético en su nivel colectivo: es la solución a una necesidad del grupo.
Podríamos querer pensar que el internet refleja el individualismo en su máxima expresión, pero verlo de esa manera, es no conocer el medio. Para mí nos provee de la herramienta necesaria para entrar directamente al contenido de la “mente” ajena, que por tal resulta semejante, sin tener que lidiar con romper barreras físicas que hemos dedicado tanto tiempo a crear, para hacernos diferentes en apariencia.
El cuerpo humano no está separado de la mente, pero aún así, las comunidades creadas en internet, son originadas en relaciones sin contacto físico, y quizás por eso mismo, el medio permite construir opiniones y comentarios enriquecidos con imágenes y sonidos. No nos tocamos, ni vemos nuestros respectivos gestos, pero podemos hacer un vídeo planificado, con música y subtítulos, y le gana a tener a otro de frente improvisando (aunque podamos hacerlo). Yo entiendo que las comunidades virtuales demuestran la falsedad de las bases en las que apoyamos las interpretaciones que hacemos del objeto que somos.
En el mundo real parecería que damos más información de nosotros, pero no es cierto. Más allá de la posible interpretación simplona de la dualidad (el Tú de afuera versus al Tú de adentro), existe un desfase en el ejercicio de interpretarnos el cuerpo, cuando lo decoramos para presentarlo al mundo de carne y hueso. El cuerpo se convierte en una barrera para la socialización en nuestro mundo, porque está controlado por otros poderes. En el mundo capitalista nos gobiernan las marcas y lo que consumimos. Nuestro cuerpo no nos pertenece, porque es un billboard, o un inventario de nuestras preferencias de consumo.
En el internet las ideas también pululan alrededor de grandes fuerzas que manejan información y producen conocimiento, de eso no tengo duda, también sé que hay tanto para escoger que agobia. No obstante, es más fácil crear una comunidad de puertorriqueños en el exilio, con herramientas virtuales, que con las “concretas”. Es más fácil encontrarse y ser encontrado en internet. Por ejemplo, si en Google busco “ateos”, descubro que no estoy solo, pero si hago lo mismo en Plaza las Américas, en la plaza de un pueblo, o en una cafetería, un pub, una escuela, o en donde sea, no encuentro a nadie. Los egipcios saben eso. La persecución del status quo no nos deja demostrar que es falso el estado de cosas.
Las comunidades virtuales tienen la capacidad de unirnos fuera de los límites que la sociedad nos dicta con el cuerpo, y creo que nunca nos debilitará la creación de comunidades, sean reales o virtuales, porque lo que hagamos con ellas siempre dependerá de lo que necesite la humanidad como organismo social, y no al revés. Lo que me deja concluyendo que en las abejas como en los humanos, no existe un individuo hasta que se vea metido en su colmena.






