Desentramados: capítulo 6
Por Luis Trelles | 10 August 2011
With a little help from my friends
22 de febrero del 2007
Tengo dos tipos de amigos, los tecatos con ínfulas de intelectuales y los intelectuales con ínfulas de tecatos. Gracias al primer grupo he conocido la perdición. Le debo al segundo lecciones de gramática, tanto escrita como visual. Éstos últimos también me han ayudado a sobrellevar el cautiverio benévolo en el que estoy inmerso. Mi arresto domiciliario/retiro espiritual/temporada en el infierno comenzó cuando mis padres me tuvieron que recoger en la estación de policía en TrasTalleres (nuevamente, yo te cojo bajando Juanca). Quizás más adelante tendré las fuerzas para contar como llegué hasta allí, o la reacción de mis viejos y todo eso, pero por ahora el ánimo no me da para tanto exorcismo. Si vuelvo a escribir con cierta regularidad es porque un buen amigo insistió en que sería buena terapia el hacerlo, prácticamente me cargó hasta la computadora. En una ocasión tuve que parar de escribir, así de débil y vulnerable me sentía. Él me dio un abrazo fraternal y afirmó ¨díctamelo, que yo te lo termino¨. Fue un momento sobrecogedor, digno de ser musicalizado con el tema de Chariots of Fire. Obviamente mis padres consideran a este buen amigo inofensivo, una buena influencia incluso, así de potente es la hidalguía que irradia. De ahí a dejarme salir al mundo exterior con él o cualquier otra persona es otra historia. Nacarile, de aquí tu no te mueves, parece ser la política oficial. Supongo que soy un adulto y realmente exagero cuando digo que estoy bajo arresto, pero la manipulación emocional, los lazos que aprietan hasta llegar a ahorcar, son mucho más severos que el encierro impuesto físicamente. Como quiera me siento que aún no estoy listo para enfrentarme a la calle, pero el ambiente del hogar, que oscila entre juegos de parchese interminables y el catálogo completo de películas Merchant Ivory, eso es lo que se consigue en la videoteca de mis viejos, me está envenenando a paso acelerado. Dos de mis amigos, de ésos cuyos intereses abarcan un poco más que sexo degenerado y escapismo narcómano (pero no mucho más), decidieron venir a mi rescate.
No fue precisamente Escape from Alcatraz, pero la operación tuvo su moña estratégica y estuvo bien ejecutada. Uno de ellos llamó a la casa desde su carro con la intención de tirar una cortina de humo, entreteniendo a mi madre mientras hacía como que discutía mi caso con ella. Esta parte del plan no podría fallar dada la proclividad de mi madre, consejera jubilada de colegio católico, a enfrascarse en conversaciones interminables con gente joven y sus ¨preocupaciones¨. Mientras tanto el otro pana me ayudaba a brincar el portón. Mala mía mano, sabes que aún estoy débil y que no fue mi intención aterrizar sobre tu entrepierna cuando venía cayendo. Con mi viejo no había problemas, estaba encerrado en el estudio repasando su colección de Penthouse, ritual que recrea todas las noches a las ocho en punto luego de llegar de la oficina y haber salido de misa. Una vez que llegamos al carro a mi madre le colgaron el teléfono en la cara y se hizo un intento pusilánime de chillar gomas. El carro como que se barrió levemente, pero hasta ahí llegó. Para darle un poco de contexto al suceso habría que recordar que mis amigos son profesionales, gente independiente, que viven vidas que para la sociedad en general pasan por ¨serias¨. Supongo que así mismo debió de haber sido la mia antes de que se diera la debacle. Me imagino que por eso la chiquillada, nuestra reacción colectiva ante el reclamo ¨Doña Marta, ¿puede Rafaelito salir a jugar hoy?¨ y la subsiguiente negativa, se sintió tan liberadora.
Mis amigos no me hablaron de mi estado ni de lo que me había ocurrido, supongo que la misión se trataba de alejarme de mi nube negra. No obstante la noche como que fue en picada luego de aquel crescendo glorioso de la escapada. Habiendo descartado los sitios usuales de jangueo como demasiado propicios para una recaída, terminamos en Marcano’s, la pizzería de mala muerte en el sector menos llamativo de San Patricio. Allí ellos dos se enfrascaron en un debate eterno sobre si la chica que esperaba una orden frente a nosostros era una fleje o no.
Amigo #1- Te digo que es una fleje.
Amigo #2- Pero tu estás loco, es demasiado linda para ser una fleje, no veo la asociación.
Amigo#1- La hermosura no tiene nada que ver con la condición de fleje.
Este intercambio se extendió por una hora mientras yo miraba a la mitad de la población de Las Lomas entrar al establecimiento para darse un par de pases en el baño.
Fue ahí, entre los cocainómanos, la teorización embriagada en cuanto a la taxonomía flejística y las llamadas histéricas que llegaban cada dos minutos de parte de mi madre, que me di cuenta que aún no estaba listo para todo esto. El viaje de regreso a casa de mis padres estuvo menos entusiasmado que el de partida. A medio camino me percaté que había perdido las llaves de la casa, lo que implicaría que tendría que despertar a los viejos cuando llegara para que me abrieran la puerta. Esto no fue necesario, mi madre nos esperaba despierta. Cuando llegamos se acercó al auto para descargar tremendo sermón. Les recordó a mis amigos, en su mejor tono de prefecta de disciplina, que yo era una persona que había pasado por una crisis fuertísima recientemente y que me encontraba en el medio de mi recuperación. Hizo hincapié en que si raptarme en el medio de la noche para salir a beber era la idea que ellos tenían de la amistad entonces les tenía pena, por no saber lo que significaba ese concepto tan excelso. Mis amigos recibieron el ¨guilt trip¨ cabizbajos. De alguna manera todo cuadraba con la extraña regresión a la que había accedido desde que regresé al hogar de mi infancia. Mis amigos se disculparon con mi mamá y se fueron con el rabo entre las patas. Yo la seguí al interior de la casa empequeñecido, como un niño de quince años que se sabe descubierto con las manos en la masa nuevamente. No nos despedimos cuando ella se marchó a su cuarto y yo al mío. Me fui a dormir sintiéndome como lo que quizás nunca he dejado de ser.





