Desentramados: capítulo 5
Por Luis Trelles | 3 August 2011
16 de febreo del 2007
En la Explorer de la mai de Juanca, volando bajito a noventa millas por hora mientras huía de Palmas del Mar, dándome el pase ocasional para mantenerme en forma, se me ocurrió que no tenía a donde ir. Con el noticiero intenso que me abordaba era imposible regresar a mi apartamento. La soledad del camino era demasiado desquiciante y estaba seguro que no podría dormir por las próximas seis o siete horas. Me dolía un cojón la boca, que aún sangraba, manchándome la polo. Llevaba en la mano la muela que Juanca me había sacado a fuerza de puños. Para bajar el dolor sacaba un puñado de perico y me lo untaba en la boca. Eso tenía el efecto de adormecerla un poco. Lo próximo que recuerdo es haber llegado al Viejo Miramar. No logro descifrar cómo llegué, solo puedo aventurarme a pensar que el carro se guió solo. Una vez allí, y habiendo descartado mi apartamento, no me quedaba de otra más que buscar refugio y compañía en el Olimpo Hall, la base de operaciones de la demencia. Allí vive Tito desde mediados de los noventa y el lugar tiene unas connotaciones míticas para el círculo de gente que lo ha frecuentado debido a que ha sido el santuario de jóvenes problemáticos buscando satisfacer sus necesidades y apaciguar sus angustias desde que el inquilino del 4C llegó para quedarse, permanentemente. Tito estudió en mi colegio, aunque era varias clases mayor que Juanca y yo. Cuando nos enteramos de quién era en séptimo grado ya él tenía una reputación prodigiosa. Se rumoraba que quemaba gatos realengos en el vecindario.
Era notorio por sus encontronazos con la monja rectora, que tenía una habilidad sobrenatural para pillarlo con la botella de agua llena de vodka. Más tarde, cuando nos hicimos amigos cercanos, me contó que pasó gran parte de aquel tiempo entregándose a la felación idílica que le practicaba a un compañero de clase en el salón de francés. Cuando empecé a ser un drogodependiente activo Tito era el gran gurú de las sustancias controladas. Era el que conseguía e introducía nuevas variedades a nuestro repertorio, de PSP a Special K, si había llegado algo nuevo a la isla Tito lo promocionaba y lo movía. Siempre ha sido un misterio para mí la conexiones que tenía. Quizás lo llevaba en los genes, después de todo es heredero de una familia dueña de una cadena grandísima de farmacias que proliferaron hasta irse a la quiebra a principios de los noventa. En más de una ocasión me contó como su madre lo solucionaba todo con una pepa. Si el nene tenía dolor de cabeza o estaba constipado le zumbaban una valium, si se cortaba los brazos con una navaja le espetaban un paquetón de xanax. Cuando el grupo narcómano del colegio se solidificó, las incursiones al botiquín de su madre se conviertieron en giras obligatorias. Todo eso terminó cuando la familia se dio cuenta que el nene era irremediablemente maricón. El reino del terror que se vivió en la casa de Tito durante sus primeros años universitarios fue tan inclemente que se vio obligado a comprar sus propias drogas y conseguirse un lugar propio. Para el resto de nosotros, mamalones que aún nos agenciábamos los estupefacientes con el carro prestado del hogar paterno, Tito fue una inspiración, no solo por financiar de manera independiente su hábito, sino por tener una razón verdadera para rebelarse, por virtud de ser gay. Al ser el primero en tener un espacio propio lo seguimos a la variedad de sitios infrahumanos en los que se metía. De la comuna en Barrio Obrero al hospitalillo para bohemios en en la parada 18: allí estuvimos todos ayudando a cargar sus pocas pertenencias mientras nos benfeficiábamos de sus drogas. Eventualmente regresó al punto de partida, Miramar. No pasó mucho tiempo en lo que el resto de nosotros establecía residencia en el área también.
Allí él se quedó, en todos los sentidos. Su quedadera iba más allá de su domicilio. A mí, por ejemplo, me llegó el momento de buscar un trabajo y aspirar a ciertas metas profesionales y de estilo de vida. A Tito no, siguió de bartender errante y maricón cool, aunque sé que es mucho más la droga que consume que los hombres que terminan en su cama. Es un maricón muy particular, que padece de issues severos con la intimidad, como alguna fobia que no le permite dejarse tocar eróticamente, especialmente cuando está en sus estados alterados. Por mucho tiempo sospeché que era hetero de closet, hasta que se envolvió en aquella relación destructiva con Mark, el gringo. Ésa es una historia para otra ocasión, pero puedo adelantar que acabó como usualmente acaban las cosas con Tito, muy mal.
El cariño es hondo, sin embargo, y nunca dejé de visitarlo ocasionalmente, por lo que me he dado cuenta que, mientras él y yo ya pasamos la terrible década veinteañera, la ganga de chamacos que frecuenta su apartamento ha permanecido con la misma edad. Hay una cierta tensión cada vez que nos vemos, como si él sintiera que yo le tengo algún tipo de pena. Por mi parte yo sé que resiente las decisiones que he tomado, me parece que desde su punto de vista yo he renegado de todo lo que nos unía. No me perdona el que dejara de ser su compañero del degenere. No fue a mi boda, por ejemplo, y detesta a Sherezade. Nunca pierde la ocasión de eviscerarla con su lengua vituperina en mi presencia.
Con eso en mente y con la quijada trancada, haciendo muecas periqueras que me distorsionaban el rostro, le tiré piedras a su ventana hasta que me abrió el portón de acceso al edificio. En el apartamento me recibió con un beso y un abrazo diciendo ¨Rafi, caballero, ¿a qué le debemos este honor?¨. En seguida me sentí como en casa, Tito andaba más empericado que yo, en la mesa de noche se encontraba Olga y varias líneas de coca nítidamente organizadas sobre el espejo que usualmente estaba en el pasillo. De Olga lo único que recibí fue un ¨…tienes sangre en la camisa¨, hablado con su típico desdén. ¨¡Uy sí! Y me la pegaste cabrón, vete a lavarte la cara al baño que no quiero que se me pegue tu SIDA¨ chilló Tito. Estaba a punto de hacer el cuento largo para explicar mi aspecto pero Tito ya había agarrado un sorbeto y aspiraba una de las líneas. Me metí al baño cuando a Olga le llegaba su turno.
Olga es un espécimen completamente distinto. Cocinera, bucha y punka -no necesariamente en ese orden- era imposible fijar su edad. Parecía una anciana con ojos de niña. Se había juntado a nuestro grupo hacía años pero yo siempre la consideré peligrosa. En mi mente estaba bien que yo me aprovechara del pon que me ofrecía Juanca y las drogas que Tito tenía, pero que ella lo hiciera me parecía fuera de lugar: no la conocíamos, era una advenediza que acababa de llegar. Fue seduciendo una por una a todas mis amigas narcómanas del colegio, creando un drama sicosexual con cada una que francamente me desagradaba. Nunca me tripeó la moda de las chicas en mi entorno de levantarse un día para ser las más lesbianas, precisamente por ser una moda tan transparente. Digo esto sabiendo que hay una parte de mí que se pregunta, ¿si había tanto deseo de experimentación, porqué no investigaron conmigo primero? Olga, sin embargo, explotaba las inseguridades de estas niñas bien con guille pasajera de riot grrrrls con todo lo que tenía. Hemos sostenido una relación tenue a través del tiempo a base de todas las amistades que compartimos. Pero no me inspira confianza. Salí del baño para verla compartiendo una carcajada deforme con Tito. Me hundí en el sofá y traté de comenzar una conversación.
-¿Qué onda Olga?
Me contestó con frases quebrantadas, ininteligibles, masculladas, a duras penas hacía sentido -Ná… cabrones argentinos esos… me botaron del restaurante…
-Y como la botaron del apartamento también yo le estoy dando asilo ¡que viva la pepa mamita! — Tito puntualizó la frase bajándose otra línea y pasándole el sorbeto picado a su nueva compañera de apartamento.
-¿Y cuánto tiempo vas a estar aquí?—le pregunté.
-¿Qué puñetas sé yo? El tiempo que esté… me contestó desafiente.
-¿y estás pagando renta o qué?—le dije, alzando mi voz a un tono de reto.
-Mira mano, ¿a tí que te importa eso?
-Nada, solo pensé que si ibas a estar aquí de joseadora lo menos que podrías hacer es pagarle algo a Tito por el techo y el perico.
Tenía ganas de joder, lo admito. Estaba tan acelerado que lo único que se me ocurría era llamar las cosas por su nombre y la Olga siempre ha sido un parásito. Además, nunca he dejado de sospechar que fue ella la que se robó mi boxed set de Brian Eno durante aquella fiesta que hubo en mi apartamento hace algunos años. Fue en esa misma fiesta que ella terminó engrampándose con la chica que yo llevaba unas semanas intentando seducir y que no terminaba de caer. Se me había olvidado, sin embargo, que mi relación con Tito no es lo que era y que yo estaba mucho más abajo en su lista de prioridades que Olga, que siempre estaría dispuesta a hueler con él a las cinco de la mañana con tal de que no fuera del perico de ella.
-¿Quién carajos tu te crees que eres pa venir a mi casa a decirme quién se puede quedar aquí? Yo soy el que paga renta y estás bien jodío si tu piensas que necesito tu permiso para que Olga se quede. Así que te puedes ir al mismísimo carajo con tus juicios de mierda—Tito explotó, me gritaba en la cara. Volvía a sentir los latigazos en mi encía.
Yo tampoco estaba para mierdas asi que me fui, dejando atrás el ¨¡Pendejo!¨ que soltó Olga y que retumbaba por el pasillo. Salí a la calle cuando ya se dibuja la luz de la mañana, sin la más mínima idea de donde había dejado la Explorer de la mai de Juanca.
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