Desentramados: capítulo 4
Por Luis Trelles | 24 June 2011
De vuelta
7 de febrero del 2007
Llevo una semana en casa de mis viejos. Nunca había pasado tanto tiempo aquí desde que me fui hace diez años más o menos. Me acuerdo como si fuera hoy, los viejos entraron al cuartito de servicio que tiene la casa en la urbanización Roosevelt, el mismo que yo me había apropiado por tener entrada independiente del resto del hogar. En aquel estado libre asociado echaba el polvo ocasional y montaba un hospitalillo informal del que se beneficiaron la amalgama extraña que eran mis panas de colegio y los nuevos amigos narcómanos de la universidad. El día en que me fuí mi vieja me despertó a eso de las doce del mediodía con cara de duelo. El viejo andaba con ella, pero se mantuvo atrás, titubeando en el marco de la puerta.
“Rafi, papá y yo estamos preocupados… y queremos que sepas que te vamos a ayudar,” me dijo ella.
“¿Qué hora es? Deben ser como las seis de la mañana,” resoplé dormitando.
No ententía qué hacían. Había tendio una noche de degenere y no me llamaba la atención en lo más mínimo platicar con mi madre sobre sus preocupaciones maternales. El comportamiento del viejo era más alarmante. El silencio era una señal inequívoca de su encabronamiento.
“¿Estás bien? Últimamente estás tan flaco, andas con unas ojeras terribles.” Mi mamá parecía estar haciendo de mamá en un teen movie de los 80, o por lo menos eso me parecía a mí en mi resaca.
“Me siento bien. Me gustaría seguir durmiendo.” le imploré.
“Rafi…” Mi madre tiene talento para el drama cuando quiere, como evidenciaba la pausa estratégicamente colocada que insertaba luego de mi nombre. Entonces soltó la bomba:
“¿Estás fumando crack?”
Mi primera reacción fue reírme a carcajadas, lo que debe haber confirmado sus peores sospechas. La idea era risible, ciertamente era y soy un tecato, pero a lo blanquito, coqueteando con las drogas fuertes mientras rehuía de las satánicas, las hard core, esas que se meten los tecatos de verdad, como aquellos a los que le pagaba una cantidad nominal para que transportaran mi hierba y mi perico desde el punto de drogas hasta el perímetro seguro de mi carro.
“¿Quién te dijo eso?” logré preguntarle luego de recomponerme de la risa.
“Rafi, no nos mientas por favor, sabemos que tienes una pipa de crack en el baño,” a mi mamá ya se le aguaban los ojos. Puede que aquella vez estuviera más allá del drama.
Pero, ¿pipa de crack? No hacía sentido.
La revelación me llegó de golpe.
Con la realización de que se refería a mi bonga de dos pies con hongos tallados en cerámica que me había traído una amiga de su viaje a Holanda, parafernalia que constituía la joya de mi colección y la envidia de mis pares, no pude más que soltar otra risotada. Strike two, con mi reacción inmadura y lunática mis viejos, católicos responsables y buenos ciudadanos que no sabían distinguir entre una bonga y una pipa de crack, estaban ya seguros que mi caso ya estaba perdido, que me había convertido en un via crucis con el que tendrían que cargar y, en el mejor de los casos, esconder para proteger su buena reputación.
Estoy seguro que ya habían hecho su investigación de clínicas discretas de rehabilitación en Florida. De más está decir que me había vuelto descuidado, y que sus sospechas no estaban enteramanete de más. Después de todo, la bonga con resina fresca de la fumeta de la noche anterior permanecía sobre la tapa del inodoro, muerta de la risa a plena vista. En mi escritorio habían varios sacos de pasto y perico, sorbetos cortados y la cucharita de stainless steel que había sacado de un juego de química para niños de diez a doce años que compré con la intención expresa de extraer el utensilio para uso de mis actividades cocainómanas.
El encuentro que ahora se daba entre nosotros era una cuestión de tiempo. Si no se había dado antes era porque mis viejos, tan amantes del status quo, se habían hecho de la vista larga mientras el desfile de narcómanos se mantuviera blanco y de colegio. Cuando mi cuartito empezó a ser frecuentado por gente de escuela pública, de la Central, de la UHS, de Universtity, de Gabriela y de la Osuna; chamacos y chamacas provenientes de barriadas como los Robles, de Puerto Nuevo, de Valencia, las Parcelas Falú, y hasta de la séptima sección de Levittown; cuando llegó toda aquel batallón de jóvenes desajustados, ellos apretaron el botón del pánico y pegaron el freno con todo lo que tenían. Si había algo que no tolerarían era que tirara para abajo, quizás por saberse tan cerca de aquella desdichada denominación conocida como clase media baja, la casta que los llenaba de tanta angustia y aprehensión.
“¿Quién les dijo que yo fumaba crack?” gritaba encolerizado, sin entender bien de donde salía la rabia. ”¿Tati? ¡Tati es una pendeja y una envidiosa!”
Mi hermana mayor, la ungida; sin duda había sido ella quien me había choteado. Me despreciaba por la libertad de la que gozaba en el hogar por virtud de ser varón. Hubiera seguido insultándola, hundiéndome cada vez más con mi pose defensiva, que solo servía para terminar de delatarme.
“¡Se acabó me oíste!” el viejo se había cansado de la conversación, en su mente no había nada más que hablar.
“Empaca las maletas que mañana viajamos a un sitio de tratamiento donde te van a ayudar. Quiero que sepas que nos está costando un ojo de la cara, así que más te vale que lo aproveches,” su declaración era imperativa, y en su tono de voz quedaba claro que no admitiría apelación.
Se marcharon del cuarto así, sin más. Hora y media más tarde me marchaba yo de la casa, prometiéndome a mi mismo de la manera más clichosamente Dickensiana que jamás regresaría.
Ahora estoy de vuelta bajo circunstancias no muy distintas a las que marcaron mi partida. Mi padre negociaba con el papá de Juanca para pagar por la guagua Explorer que yo había extraviado. Mi madre insistía en que tenía que hablar con Sherezade para salvar mi matrimonio. Han sido dos semanas difíciles. De la primera no me acuerdo mucho, hay lagunas que aún no logro conciliar, aunque mi mamá no se cansa de contarme que casi se muere cuando me tuvo que ir a recoger a la jefatura de la policía y me encontró inconsciente.
Esta segunda semana se ha tratado de reconectar con mis padres bajo factores insoportablemente incómodos. Me levanté en mi primera mañana de regreso para enfrentarme a un libro de oraciones de José María Escribá de Balaguer que me habían dejado en la mesa de noche. Por un lado me alegré de no tener el tipo de familia que me dejaría un libro de autoayuda en la situación por la que estaba pasando. Pero me es sumamente desconcertante que el Opus Dei sea la versión de caldo de pollo para el alma que impera en la casa de los Plazaola. La vieja insiste en atosigarme con comida, como si el problema tuviese que ver con hambruna o mala nutrición.
Todas las tardes a las seis en punto el viejo me invita a que lo acompañe a misa. Ayer decidí hacerlo, hacía muchos años que no entraba en una iglesia, una experiencia que para mí tiene más de erotismo nacido del aborrecimiento que de religioso. Mis erecciones eclesiásticas se remontan a los tiempos de la pre-adolescencia y se deben a que ante el aburrimiento de la liturgia no hay de otra más que hacer cerebrito. La estrategia ha sido siempre la misma, para el salmo responsorial ya he escogido una feligresa que alimentará el imaginario erótico que iré desarrollando y que para cuando llegue la eucaristía se habrá convertido en bacanalia. De más está decir que la oferta que me ofrecía la tanda de las seis y media de un viernes en la tarde en la parroquia del Espíritu Santo era escasa. Una doña de cincuentaypico de años que se sentó en la primera fila y que desafinó atrozmente mientras cantaba “ven, ven señor no tardes…” terminó siendo el flaco objeto de mi triste deseo. No obstante, lo tomé como un buen augurio; el retorno de mis impulsos libidinosos, esa parte tan fundamental de mi acercamiento a la vida, debe ser señal segura de que la rehabilitación avanza lenta pero segura.
Por lo general se respira un silencio inquieto en la casa. No han habido trifulcas con los viejos, que han tratado de revestir mi arresto domiciliario de connotaciones bíblicas. No es que me tengan encerrado, parece ser el raciocinio, se trata más bien del retorno del hijo pródigo. Hasta ahora no hemos hablado de lo sucedido aquella noche terrible con Juanca, ni de la secuela de una semana que le siguió. Tampoco hemos hablado de las condiciones o el término de mi estadía. A juzgar por mi estado anímico ésta podría ser una temporada que se extenderá algún tiempo.
En cuanto a los viejos, supongo que con ellos no hay nada que hablar con tal de que no vuelva a tirar para abajo.
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