Desentramados: capítulo 2
Por Luis Trelles | 16 May 2011
Enero 7, 2007
Fue mi idea el que te mudaras para Miramar conmigo. Me tomó mucho trabajo sacarte de aquella casa en la urbanización San Francisco, pero lo logré. Odiaba aquel espacio por el peso del bagaje y la tristeza que se sentía allí. La mudanza de un nuevo amante al espacio propio siempre viene acompañada de un sentimiento ambiguo de bienestar. Se trata de una sensación de expectativa ante la convivencia con una persona con la que no se ha vivido anteriormente. Así me pasó con Sherezade. Los rollos vienen después, cuando los amantes se mudan para afuera, como tu lo estás haciendo ahora. No sé porqué asumí cuando llegaste que dejarías los esqueletos atrás, pero traías la evidencia en los motetes. Un baúl grande y verde me llamaba la atención, debí haber sospechado lo que era cuando te pregunté por él y me contestaste con evasiones y un ¨Nada. Fotos, cosas, tu sabes…¨. Supongo que ya lo tenía en la mirilla el día que empecé a acomodar cosas en tu ausencia y con mi torpeza característica dejé caer al piso aquella vieja caja de zapatos, precipitando la avalancha de tu pasado. No debí haber mirado lo que había adentro pero lo hice. Me enteré de golpe de muchos capítulos desconocidos y aclaré lagunas sobre momentos y pesonas a las que te referías con una parquedad críptica. Se me reveló la historia de tu vida en sus múltiples encarnaciones: una foto, un diario, un paquete de correspondencia, una agenda, una nota suelta. Soy un hombre de voluntad débil y no pude más que mirar. Soy un hombre cobarde también, así que nunca te lo dije. Me quedé absorto en el archivo de tu vida incitado por una curiosidad morbosa. El resultado fue devastador: sé mucho más de tí de lo que siempre asumiste que yo sabía. Sé más, incluso, de lo que me gustaría saber.
Tu vida se narraba como una novela experimental, contada a través de distintos formatos y recursos, sin seguir ningún tipo de orden cronológico. Un pedazo de tu familia aquí, la procesión de amantes y amigos del pasado reciente y lejano, cada etapa de tu vida como periodista, tus distintos domicilios; todo barajeado al azar. Recuerdo que me detuve cuando llegué al material del último amante, el que estuvo antes de que yo llegara. Lo describías como alto y roquero, me habías confesado que era burdo en la cama y que estaba obsesionado con el sexo anal, en alguna ocasión me habías contado que estuviste a punto de casarte con él. Cuando finalmente le puse una cara al personaje no era para nada como lo había imaginado. Es cierto que es más alto que yo, pero tenía el pelo encanecido prematuramente; sin duda alguna yo me veo mejor que él, pensé. Lo ví aquel día en una foto suelta vestido de etiqueta, tu lo abrazabas radiante en un traje de noche. Te veías mucho más joven, con aquel boy cut que tanto me gusta –si bien nunca te he visto personalmente así- te conocí con el pelo largo. En el momento no sabía cómo sentirme al respecto. Hubo una que me molestó mucho más: tu y él en algún piso de Chicago acabados de levantar. Se nota tu pinta de estudiante graduada en el Art Institute, esa cosa de proto-hipster en los 90s. Están los dos llenos de lagañas, tu estás con espejuelos.
Por lo general me enorgullezco de no ser un hombre neandertal, reconozco que todo el mundo tiene derecho a su pasado. Traté de respetar lo vivido por tu parte. No obstante, seguí buscando en tus cosas para enterarme de cosas que no quería saber, o quizás sí. Éste es un mal hábito nuevo, no lo había hecho antes con otras mujeres con las que he vivido. Creo ahora que lo que me molestaba era la desigualdad, no te podías topar con mi pasado porque me he dedicado activamente a destruír la evidencia. Nunca tuve nada análogo a lo que me encontraba sobre tí, soy muy malo llevando diarios y aún peor manteniendo agendas detalladas de mi diario vivir. Soy un experto botando/quemando/destruyendo fotos y recuerdos, ya dije que soy medio cobarde y de voluntad débil, y siempre le he tenido miedo a que me sobrevenga la tentación de revisitar los momentos dolorosos de mi vida. Por eso siempre me sentí que vivía en desventaja contigo, siempre has tenido una vocación inigualable para almacenar lo doloroso. Me rejodía saberme rodeado por tantos mementos de tu trayectoria.
Lo único que conservo como vestigio de un momento en que era más como tú (cuando no botaba nada por miedo a olvidarlo) es la caja con todo lo que sobrevivió a mi primer amor de adolescente. Me obsesioné con que encontraras algo de esa caja, para ver si te hacía sentir como tu archivo me hacía sentir a mí. Me acuerdo que busqué en aquel cajón infestado de cucarachas y polillas hasta encontrar una carta subida de tono, donde mi noviecita de cuarto año de escuela superior me describía el tipo de sexo que quería tener conmigo. La puse en una edición robada de las Mil y una noches, un texto que te podría llamar la atención. La idea era que abrieras el libro y encontraras la carta. En realidad la idea era que te dieras tan duro con mi pasado como yo lo había hecho con el tuyo. Durante el año y medio que vivimos juntos coloqué el libro estratégicamente en todos los lugares que frecuentabas: el patio, el baño, tu oficina, pero nunca mordiste el ansuelo. El libro nunca se movía de donde yo lo dejaba. Ahora te vas llevándote tus cartas y tus diarios y tus fotos. Me convertiré en una estampa más de tu archivo, que torturará al próximo, si es que es como yo (eres un imán para los desajustados). Con tu partida el apartamento se ha quedado medio vacío y he pospuesto el ponerlo en orden. Ayer, por fin, me dí a la tarea de reorganizar el librero. Encontré las Mil y una noches y la carta/anzuelo que llevaba en su interior.
Fue un gran recordatorio de porqué te fuiste.
Lee el próximo capítulo:
Lee el capítulo anterior:






