De Puerto Rico a Holanda. Del desorden al orden, y pa’tras.
Por Raúl Quintero | 25 October 2011
Al principio, cuando te vas y ves lo fácil que es vivir fuera del Puerto Rico que conocemos hoy, no te dan ganas de regresar. Luego extrañas las palmas y el lechón…
Hace once meses regresé a la Isla después de irme a Holanda a cursar una especialidad en economía y logística. Todo empezó con mi papá y un médico (profesor de la Universidad de Puerto Rico) quienes me inspiraron a embarcarme en esta aventura. Participé en una charla ofrecida por el profesor durante el almuerzo de una convención de estudiantes para el cambio. En la misma el letrado nos contó como el se aventuró de una manera similar, tu sabes, para “salir de la burbuja”. El profesor antes de regresar a la Isla, hizo unos estudios en Europa, pasó por los Estados Unidos y ahora dirige ciertos aspectos de Ciencias Médicas de la UPR. Aunque no soy médico, lo tomé como ejemplo. Salí de la convención y me quería comer el mundo. Muy pronto estaba tratando de escoger entre Nueva York y Rotterdam. Opté por el viejo continente.
Llegué a un país donde no hablaba el idioma, no entendia la cultura, físicamente me veia diferente a todo el mundo alrededor mio, el clima era escalofriante y el sol inexistente; pero llegué. Con esa hambre con la cual salí del Caribe a afrontar mis sueños, me ajusté el cinturón, saqué al dios Google Translate y busqué el bike shop más cercano. Cabe mencionar que los carriles de bici y facilidades de transportación colectiva pública son excelentes en Holanda. Por suerte en el Mercado de Blaak pude encontrar una bici barata. Es allí donde se encuentran también las famosas casas cubos de Holanda (kubuswoningen), un experimento de diseño que no resultó muy popular pero se ha transformado en una atracción turística.
Ya establecido en lo básico: apartamento, supermercado, barra, y comedero turco, me sorprendió mucho el orden de la ciudad. Con mi flow de bori, rápido me di cuenta que no podía seguir así y tuve que ajustarme más que el cinturón. Sicológicamente estuve forzado a ser una persona totalmente diferente a la que he sido en los pasados 29 años. Por ejemplo, crucé la calle a pie un día y me agarró una extraña por el brazo. Imagínate si eso pasara aquí en Santurce, Carolina, Ponce o Bayamón. Ella me preguntó que por qué cruzaba si la señal estaba roja. Yo le reclamé que si era “la ley” que yo no cruzara cuando estaba roja y ella muy rápido me respondió: “No, es la ORDEN”. “¿ORDEN? Pffffffff”, dije con ese flow bori destacado y crucé sin importar. Al mes siguiente me tiré la misma maromita, la cual fue seguida por un boleto de 50 euros a manos del Rotterdamse Politie, por no seguir algo tan sencillo como el orden, no las leyes, EL ORDEN. Me sentí ridículo. La gente me miraba. Me di cuenta que llevaba la mayoría de los años viviendo sin honrar la definición de las cosas y situaciones. Aquí cruzamos por donde nos da la gana y con actitud de “¿Y QUE?” y de momento tenía que seguir el orden: si no es una silla, no te sientes, si dice no cruces, no cruces.
Poco a poco empecé a empaparme de la cultura holandesa. Son de tradiciones protestantes, especialmente calvinistas. Viven bajo otro código religioso y social. Son opinionados, reyes de la eficiencia y planificación, tacaños y muy educados. Además Rotterdam, donde vivía, probablemente tiene una de las comunidades musulmanas más grandes de Europa. De momento me di cuenta que estaba en una mezcla internacional bien diferente. Por primera vez me di cuenta de la burbuja que hablaba el médico de la convención. Entendí que viajando de vacaciones y regresar con un llavero, no es suficiente para conocer de otras culturas y aprender de esas soluciones/respuestas que uno busca. Se tiene que vivir para lograr lo que no puedes entender entre trampas de turismo, borracheras, museos, y compras de objetos innecesarios para recordar. Hay que pararse bien lejos para lograr ver todo de cerca.
Tuve la gran oportunidad de estudiar un Masters en Economia y Logística Maritima en la ciudad con el puerto más grande de Europa con gente de Italia, Grecia, Bulgaria, Francia, España, Panamá, México, Georgia, Ucrania, Indonesia, Taiwán, China, Colombia, Nigeria, Siria; con profesores griegos, holandeses, japoneses, belgas, ingleses, noruegos, italianos y alemanes. Trabajé en una compañía holandesa como interno en la cual almorcé con once extraños por tres meses y disfruté de uno de los ambientes profesionales más placenteros que he vivido. Mis compañeros honraban la opinión y la forma de pensar de todos. Se notaba que era muy importante el crecimiento profesional del empleado. Lamentablemente algo bien extraño en mi Isla.
La pregunta clásica de todos los extranjeros que conocía era: ¿Qué es Puerto Rico? No entendían su estatus político y por qué yo soy ciudadano americano. ¿Qué yo hacía en Holanda donde no sale el sol si vivo en el paraíso? Yo les decía que el paraíso está enfermo, que busco soluciones [perdón si sueno como súper héroe falso pero efectivamente fui al extranjero a buscar soluciones para algo más grande que yo, tú que me lees y los demás que me rodean]. Para que me entendieran, logré comparar a Puerto Rico con Curaçao, Bonaire, Saba y Aruba; antiguas colonias caribeñas del imperio holandés. De momento me miraban con un poco de desaire y con cara de lamento. Sabían que es una desgracia la situación colonial. De hecho, en septiembre de 2010 Holanda logró descolonizar a todos sus territorios en el Caribe. Tanto hablar de Puerto Rico reafirmó mi sentido de nacionalidad y lugar en el mundo. Como muchos de mis compañeros, decidí regresar a la tierra que me vio nacer.

Raul con su traje de profesional. No podemos precisar si volvió a Puerto Rio en el bote en la foto pero si fue así, es un mostro.
Cuando acabó mi curso me sentía más puertorriqueño que nunca. Quién diría que este joven de Mayagüez se lanzó hacia Holanda a hacer lo casi imposible, sobrevivir lo que era un programa académico bien riguroso y exigente, en un país completamente diferente. La experiencia no fue fácil. De 9am a 5 pm en un salón y el resto de las horas dedicado a las tareas y la investigación. Por primera vez en mi vida, me temblaban las cejas y los parpados por el estrés a causa del régimen del programa. Además, todos los días tenia que seguir el protocolo holandés y vestir gabán y corbata, TODOS. A veces ya ni creía en mi mismo, pero con el apoyo de mucha gente me lancé para mejorarme académicamente y tocar puertas para un futuro profesional. Mi idea era conocer el campo, rodearme de profesionales y académicos, y a su vez enriquecer las vías de mi conocimiento. Me sentía responsable de ser el representante de Puerto Rico en Europa. Al final de ese año ya no cruzaba con luz roja, mi tono de voz era más bajo, no me colaba en las filas, y la mayoría de las veces seguía el orden de las cosas. No había duda que necesitaba regresar a Puerto Rico con mis nuevos aires de pensamiento crítico, progresivo y de comportamiento social.
Una vez de regreso a la Isla, y en menos de tres meses, ese sueño de lograr un cambio de actitud que tanto anhelé en mi cama en Rotterdam durante ese año de noches largas, frías, y solitarias en un país extraño, se fue por la cuneta. Todo ese comportamiento lo tuve que tirar por la ventana, sino, hasta las “señoras de la loza” me pasaban el rolo. En fin, si no vas con un tono agresivo, te comen en la calle.
Mi primera experiencia de trabajo no fue la más placentera. Por suerte conseguí un guiso temporero donde adquirí experiencia pero no honraban las opiniones de uno. No permitían el crecimiento profesional de los empleados. Era como entrar en un régimen en donde estas obligado a “tomar el Kool-Aid” que te dan o te tiran a la calle. En este clima de desempleo nadie se atreve a levantar la voz. Aunque no tengo prueba, estoy casi seguro que mi constante cuestionamiento logró a que mi contrato no fuera renovado. La falta de atención, entrenamiento y miedo a que te boten no permite que la “empleomanía” sea creativa con su empleo. En fin, los jefes hacen todo por obligación, no por gusto, y sin el gusto no hay desenlaces felices.
Salí del trabajo ese ultimo día con ganas de correr, entendiendo que el cambio y las soluciones que se necesitan, son más allá del más allá. Situaciones políticas y socio-económicas están privando el futuro de la sociedad en que vivimos. Existe mucho egoísmo. Dentro del margen de once meses que llevo en la Isla, he logrado tener tres trabajos a tiempo parcial. De hecho, dos de ellos no tienen nada que ver con lo que fui a hacer a Holanda.
La paciencia es una virtud y ya mismo se me agota esa carta dentro del “paquete de virtudes” que traje de Holanda: paciencia, honestidad, disciplina y orden. Aunque hay otras virtudes, estas son esenciales para la Isla a la que regresé ya que son casi inexistentes. Lamentablemente se nos ha olvidado quiénes somos y para dónde queremos ir. En Holanda aprendí de mis amigos de Ucrania, Bulgaria y Georgia que con mucho menos, ellos han logrado mucho más ya que por 50 años vivían bajo la sombra de la cortina de hierro de la antigua Unión Soviética.
Ahora, es bien difícil decidir cosas si la fuente de información más importante es la televisión amarillista; si el show más visto es una muñeca de chismes; si el ser más importante e influyente es un reguetonero; si los periódicos llevan a cabo un formato de tragicomedia-reality show para vender más; si es normal que asesinen más de 10 personas en un fin de semana; y que vivamos con una tasa de desempleo absurda. Hay que salir, brincar el charco, y explorar el mundo fuera del 100×35. Con solo ir a Mundo Mágico de Disney y los pabellones de Epcot Center no es suficiente. Yo tuve la gran oportunidad de ver más allá y eso se lo debo a mi padre que emigró de su país en Sur América para darle una mejor oportunidad a su familia y me ayudó a lograr muchos sueños. Él es mi otro ejemplo, el motor que me empuja cuando ya el mío esta sin gas. Recuerdo cuando me dijo: “Si te vas, no pararás de ser puertorriqueño. Yo nunca dejé de ser de Colombia.” Con esas palabras me despidió antes de partir a Holanda. Quizás me toque regresar al exterior a pagar mis deudas: recordaré mis palmas y el lechón y en su momento regresaré.











