La ciudad sin sonrisas
Por Milo Adorno | 25 January 2012
Recientemente tuve la oportunidad de ayudar a una joven a poder determinar cuál era la ruta de subway más adecuada para llegar a su destino final en Manhattan. Ambos nos encontrábamos en la estación de Sutphin Blvd-Archer Ave-JFK Aiport en Queens, y la chica con sus enormes maletas evidenciaba que acaba de llegar a la ciudad. Pude ver en su rostro miedo y desesperación al encontrarse frente a frente con el complejo y abrumador sistema de trenes neoyorquino. Parece ser que algo en mi le inspiró confianza puesto que se acercó a preguntarme cuál era la mejor ruta para llegar a su dirección. Por su acento al hablar inglés pude identificar que hablaba español. Así que una vez en el tren y luego de haberle explicado cómo llegar a su destino, le pregunté acerca de su origen. Resultó ser una “boricua de la Isla”, término que utilizamos la diáspora puertorriqueña en la ciudad de Nueva York para distinguir al puertorriqueño nacido y criado en la Isla, con el nacido y criado en Nueva York u otra parte de los Estados Unidos.
Rápidamente la confianza que da compartir los mismos orígenes provocó que la conversación se tornara más fluida. Luego de compartir un poco sobre nuestra historia personal y la consabida entrevista de qué me motivó a radicarme en la ciudad, la chica me confesó lo aterrada que estaba al estar sola, aventurándose por primera vez a Nueva York. Le pregunté que era lo que le causaba tanto miedo sobre la ciudad, y su respuesta fue rápida y sin vacilaciones: “La gente. La gente de Nueva York me da miedo.”
“La gente de Nueva York me da miedo…” Interesante, pensé.
Sé que hay gente en esta ciudad que puede verse amenazante, pero la realidad es que Nueva York después de 9/11 se ha convertido en una ciudad más segura. Con tanta cámara escondida y con tanta seguridad, ya no tanta gente se atreve a hacerle daño al prójimo. Sin embargo, pronto descubrí que la razón de sus miedos no era el prospecto de ser agredida por algún neoyorquino: “Me dan miedo porque parece que no tienen alma. Se ven como si no les importaran los demás. No le sonríen a nadie. Eso da miedo.”
Y pude comprenderla. También me pasó a mi cuando comencé a vivir en esta ciudad. Una de las cosas que más le llama la atención a los “boricuas de la Isla” cuando visitan esta ciudad es la aparente falta de calor humano, contacto visual o sonrisas de parte de sus habitantes. Lo lamentable es que con el tiempo corres el riesgo de volverte uno de ellos, y poco a poco sin darte cuenta, comienzas a desaparecer de tu vocabulario los “gracias” y los “buenos días”. Comienza a desparecer de tu rostro las sonrisas y el contacto visual con desconocidos. Poco a poco te vuelves hacia tu mundo, y el resto de la humanidad se convierte en puros extras de tu propia película personal. Te vuelves uno de ellos y requiere que alguien de la Isla te diga que has cambiado para que aterrices en la tierra y veas en lo que te has convertido.
“Verás, en Puerto Rico matan a 13 en un solo fin de semana. Las cosas están patas arribas, pero al menos sonreímos. Al menos todavía ayudamos a los desconocidos.” Y tiene mucha razón. Cada vez que regreso a mi Isla a visitar me toca reajustarme al calor humano, reajustarme a las sonrisas y a la empatía. Pero es un reajuste que se siente muy bien.
Casi al finalizar nuestro recorrido le pregunté porqué de tanta gente en esa estación decidió preguntarme a mí cual era la mejor ruta para llegar a su destino y me contestó: “Porque me sonreíste y eso me hizo ver que tienes alma.” No se si mi sonrisa es evidencia suficiente de que tengo alma. Lo cierto es que, por lo menos, salvó a una chica de andar perdida en una ciudad donde las sonrisas escasean.







