Ángel Otero sobre su proceso y reinvención de canvas
Por Mariángel Gonzales | 31 May 2012
En octubre del año pasado estuve platicando con el artista Ángel Otero en su antiguo estudio en Bushwick, Brooklyn. Lo que empezó como una entrevista “formal” se transformó en una larga conversación sobre su proceso de arte, el cual me pareció tan impresionante como su mente. Después de 7 meses y dos horas de transcripción de audio, por fin tengo la oportunidad de publicar esta información – lo mejor de todo es que no tiene fecha de expiración. Aprovecho la oportunidad para darle las gracias de nuevo a Ángel por recibirme en su espacio.
Ángel Otero nace en Santurce en el 1981 de madre neoyorquina y padre guaynabense. Desde bien temprana edad le gustó dibujar, pero la curiosidad por el trabajo y el proceso del artista puertorriqueño Arnaldo Roche lo “afectó mucho” y desde ahí supo que “esto era lo que quería hacer para siempre”: ser artista.
Empezó su Bachillerato de Bellas Artes en la Universidad de Puerto Rico y en el 2004 le ofrecieron una beca para estudiar en The Art Institute of Chicago. Decidió aceptar la beca, terminó el Bachillerato y comenzó su Maestría de Bellas Artes en dicha institución. Al graduarse de maestría se gana el premio The Leonore Annenberg Fellowship in the Performing and Visual Arts para el cual fue nominado y eso le abre las puertas a la Ciudad de Nueva York en el 2008. Una vez en NYC, se establece en Bushwick, Brooklyn.
Ángel nos cuenta que el proceso de su arte lo descubrió de una manera bien orgánica, como una “forma de reciclaje”. En la escuela hacía pinturas en canvas y reconocía que habían unas más exitosas que otras. A falta de fondos, raspaba el óleo del canvas de las pinturas que no funcionaban. Confiesa que “no tenía el valor de tirar esa pintura raspada a la basura y siempre mantuve un área para ella en mi estudio”. Una noche decidió usar las capas de óleo que nunca botó sobre una pintura en la que estaba trabajando. Le pasó spray de aluminio y creó una textura similar a la del papel de aluminio. Este efecto le llamó mucho la atención: “esa idea de estar bien cerca de algo y que eso se convierta en otra cosa es bien importante”.
Esto llegó a pasar a ser un proceso nuevo para el artista y con ello decide pegar más pieles de óleo para construir bodegones y flores. “Parecía algo bien barato y la gente no sabía que era óleo sobre tela. Ese efecto llamó mucho la atención. Me gustó porque pude usar un material que siempre me ha gustado: el óleo. Empecé a estirar este procedimiento y a construir estas cosas literales como flores, mesas, y leftovers de comida usando esa técnica.”
Ángel luego pasó a otros descubrimientos “accidentales”. Un día en su estudio vió como un cristal estaba manchado con pintura vieja, una señal para él de que el cristal no se había limpiado bien. Entonces decide ponerle una capa de pintura por encima. Al rasparlo (similar a su técnica de raspar sobre canvas), observó como la pintura vieja se transfirió a la nueva. “Me pareció interesante y comencé a hacer unos estudios y pinturas pequeñas. Empecé a seguir pintando sobre cristal y creando estas pieles de óleo. Suena como algo fácil, pero luego me di cuenta que cargar estas pieles sería un reto. ¿Cómo voy a mantener la piel junta? ¿Cómo la transfiero a un canvas?”
Y así fue como se cocinó esta nueva técnica del artista y pasó de pinturas que tenían que ver con su abuela (su musa desde la maestría), su casa y su familia, a pinturas más abstractas. Según él, el proceso cayó perfecto para desarrollar su visión porque vino de un reto, y esto mientras utilizaba materiales convencionales como lo son las pinturas de óleo y los canvas.
“Quiero una pintura que trate sobre pintura, no sobre nada emocional. En el arte, la sentimentalidad es un arma de doble filo. Nosotros pensamos que el arte es algo romántico, algo que se supone que sea sentimental, personal, atractivo, donde hay un mensaje, pero no necesariamente. Mis piezas pasadas significaban mucho, pero me sentía un poco raro al tener que explicarlas ya que eran cosas bien personales. Sentía que tenía que hablar del porqué utilicé un color en particular, cuál es la historia de la pieza, el mensaje detrás del título, etc. Elaboraba explicaciones, pero me afectaba mucho porque yo no quería hablar de eso y me sentía obligado a hacerlo. Me sentía superficial: confrontando una realidad del arte contemporáneo.”
Este nuevo proceso fue mágico para Ángel. Se convirtió en su llave a lo abstracto y la herramienta perfecta para hacer lo que quería hacer: desconectarse totalmente de la narrativa, del sentimentalismo. Quedó claro que la única “explicación” a sus piezas sería basada en proceso como contenido y no en la historia del contenido. “Hago las pinturas que quiera – abstractas, representativas – no le doy casco a una narrativa. El proceso ha tomado las riendas.”
Ángel admite que el proceso es 50/50 entre lo controlable y lo incontrolable. Existe una desconexión al pintar los cristales con el óleo, capa tras capa, y a eso se le suma el tiempo de secado. Luego de varios meses, se raspa la pintura y se descubre una nueva imágen, una distorsión. Cuando la piel de pintura (o como le llama él: skin) está afuera, entonces se prepara el canvas, y el skin poco a poco se “deja caer” sobre pegamento. Esto crea una arruga que logra que la pintura parezca tela. Al final de toda pieza existe una sorpresa para el artista – y todo con materiales simples como pintura en óleo, canvas, pincel y cristal.
“Estoy interesado en lo que significa pintar, con todo el sentido de la palabra. No dejar que la mente informe que es lo que uno tiene que hacer. Yo creo primero, y luego analizo un poco lo que está pasando. Hago una pintura, le meto muchos colores (aveces me enamoro de un color en particular como el amarillo), y como me encanta pintar a grandes escalas, me pierdo. Estoy atraído a la monumentalidad, el tamaño tiene un efecto en mi. Además, me inspira el reto, formas de como estirar el proceso, y las posibilidades infinitas.”
“El proceso trae varias dificultades, pero yo creo en este factor que existe de descubrir. Solamente por esa idea de un accidente, dejo el trabajo abierto a muchísimas posibilidades. No le temo a los riesgos. Los accidentes no es que me encantan, pero me interesan. Siempre dejo espacio en el trabajo a que pasen cosas en donde uno no tiene el control. Esos accidentes sorprenden y te llevan a lugares inesperados. Los accidentes aveces se deben aceptar de manera positiva en la vida.”











